Estuve en Marrakech a finales de noviembre de 2009, realizando una actividad que yo califico de "robar verano" aunque esta vez, sólo parcialmente. Soy una persona muy friolera, que, en cuanto tengo un viaje por delante, por corto que sea (este fue de cuatro días contando la ida y la vuelta), ya soy feliz; pero si además es a un lugar en el que haga más calor que en la ciudad en la que vivo, entonces ya es que me falta tiempo para hacer la maleta.
Marrakech es un lugar que tenía idealizado y quería visitar desde hacía muchos años. Como uno se puede imaginar, si ya sabéis de mi amor por el desierto, mi trayecto ideal habría pasado por estar un par de días en Ouarzazate, pero, no se puede tener todo, así es que, el viaje se centró en una intensa, calurosa, y muy agradable estancia en Marrakech.
Busqué mucho a través de Trip advisor, del que hago uso en frecuentes ocasiones, ya que no quería alojarme fuera de la medina en un hotel convencional, aunque si eliges "La Mamounia", desde luego el hotel se escapa a ese concepto...Quería vivir dentro de la medina y empaparme de su ambiente, y qué mejor que vivir en un riad, esto es, casa tradicional marroquí con una patio interior dentro de la medina. Tras enviar diversos mails a varios riads que me llamaron la atención (uno que debe ser fantástico y estaba lleno era Riad One) me decidí por el Riad Charkia (www.riadcharkia.com) con el único inconveniente de que me hicieron abonar el 50% del coste del alojamiento por adelantado a una cuenta en el extranjero, lo que tengo que reconocer que fue un asunto engorroso. Aparte de esto, de este riad, regentado por un matrimonio inglés amabilísimo y dispuestos a ayudarte en cualquier cosa, ofrecerte rutas, direcciones, etc; sólo puedo hablar maravillas. Desayunos típicos espectaculares, cada día diferentes, servidos en el patio central, de estilo mixto marroquí - ibicenco, el cual abunda en muchos cafés y garitos de diversa índole de la ciudad (Café Arabe, Kosybar), una habitación exquisitamente decorada y enoooorme, de hecho era la "Douiria Suite", es decir, la habitación del señor de la casa, y una ubicación estupenda.
No me extenderé sobre lo que hay que visitar en la medina de Marrakech, que se recomienda en todas las guías sobre la ciudad, como la Plaza Djema el Fna, donde hay vida casi 24 horas al día, o la Koutobia (en Marruecos no se puede acceder al interior de las mezquitas, así que hay que resignarse a verlas desde fuera). La medina da, pues, para montones de paseos, en los que, aunque seas una brújula andante seguro que te perderías, lo que en cierto modo es uno de sus encantos, porque donde quiera que te sientas perdido, siempre encontrarás a alguien dispuesto a ayudarte, y si alzas la cabeza, maravillarte con algún edificio en el que, de otra manera no habrías reparado. Otros lugares preciosos dignos de una visita me parecieron el palacio El -Badi, en la kasba, ruinático, pero estupendo para pasear; Dar El-Bacha, en la medina; y la madraza de Ben Youssef.
Si te gustan los productos que puedes adquirir en Marrakech, que, desde botes de estaño, hasta babuchas, colgantes de plata, como la famosa jamsa, kilims y el hoy apreciadísimo en cosmética aceite de Argán (único en el mundo y exclusivo de Marruecos), son dignos de tentar al menos comprador del mundo; no tendrás más remedio que regatear. Y creedme que os habla alguien que ha sido incapaz de regatear en Tailandia, Hong Kong, Siria, Jordania, incluso en el propio Marruecos, en ciudades como Tánger, pero es que lo de Marrakech es demasiado. Es tal exceso lo que te piden por cualquier cosa, que llevarte algo por lo que te piden a la primera es como si te lo compraras en una tienda exótica de Madrid o más, y ya, por ahí, no pude pasar. Poco a poco fue creciendo en mí una rebeldía interior que me llevó a ofrecer con cierta soltura cantidades también desorbitadas, por lo bajo, claro, y es que me costó mucho comprender que en Marrakech no existe el criterio del precio fijo, sino de mercancía vendida.
Pero de esos días recuerdo y quiero rememorar dos lugares en especial:
El oasis de buen gusto arquitectónico y botánico que es el Jardin Majorelle (www.jardinmajorelle.com). Está situado fuera de la medina, al borde del Palmeral de Marrakech. Esa mañana me apetecía descansar del tumulto de la medina y me acerqué hasta allí. Un auténtico vergel, eso es lo que encontré, un pequeño y apacible jardín botánico con plantas tan diferentes como cactus, bambú, montones de buganvillas, con tiestos azules, amarillos, verdes, rincones para sentarse a leer, simplemente para contemplar las fuentes, pérgolas, y el agua por todas partes, que acompaña a las plantas y a los pájaros que allí se dan cita, constituyendo un remanso de paz absoluta. Estando allí me enteré de que el pintor que adquirió la finca, Majorelle, creó el azul llamado con su nombre, y de ese color están pintados los edificios principales, que tienen un estilo muy peculiar. El Jardin alberga el Musée d'Art Marocain (que no pude visitar por estar cerrado por reformas hasta el verano de 2010). Cuando tuve ganas de marcharme, lo que fue difícil, entré por curiosidad en la boutique. Me lo habría llevado todo, y digo habría porque no compré nada... Había láminas de grabados botánicos antiguas, fotografías de Marrakech en blanco y negro, y un sinfín de cosas preciosas...aunque a precios...fijos, y altos, eso sí...
Dejamos el maravilloso jardín para acudir a un lugar en el que no había casi nadie cuando llegué, y eso, en una ciudad tan turística como Marrakech es mucho decir: Jardin de Menara.
El oasis de buen gusto arquitectónico y botánico que es el Jardin Majorelle (www.jardinmajorelle.com). Está situado fuera de la medina, al borde del Palmeral de Marrakech. Esa mañana me apetecía descansar del tumulto de la medina y me acerqué hasta allí. Un auténtico vergel, eso es lo que encontré, un pequeño y apacible jardín botánico con plantas tan diferentes como cactus, bambú, montones de buganvillas, con tiestos azules, amarillos, verdes, rincones para sentarse a leer, simplemente para contemplar las fuentes, pérgolas, y el agua por todas partes, que acompaña a las plantas y a los pájaros que allí se dan cita, constituyendo un remanso de paz absoluta. Estando allí me enteré de que el pintor que adquirió la finca, Majorelle, creó el azul llamado con su nombre, y de ese color están pintados los edificios principales, que tienen un estilo muy peculiar. El Jardin alberga el Musée d'Art Marocain (que no pude visitar por estar cerrado por reformas hasta el verano de 2010). Cuando tuve ganas de marcharme, lo que fue difícil, entré por curiosidad en la boutique. Me lo habría llevado todo, y digo habría porque no compré nada... Había láminas de grabados botánicos antiguas, fotografías de Marrakech en blanco y negro, y un sinfín de cosas preciosas...aunque a precios...fijos, y altos, eso sí...
Dejamos el maravilloso jardín para acudir a un lugar en el que no había casi nadie cuando llegué, y eso, en una ciudad tan turística como Marrakech es mucho decir: Jardin de Menara.
En realidad más que un jardín es un huerto enorme de olivos, con un pabellón de recreo no muy grande en el centro, que se dice que resultaba lugar de encuentros amorosos de los sultanes de la ciudad, y con un inmenso estanque delante, del que el señor que estaba allí me contó que el sultán que lo mandó construir lo hizo para aprender a nadar...
Es un lugar que transmite paz, tan cerca y tan lejos de la ciudad a la vez, totalmente de espaldas del bullicio de la medina, que aparece silenciosa en el horizonte.
Creo que las imágenes hablan por sí solas...pero si no es así, sólo hay una forma de comprobarlo...por ti mismo.