Estambul es una ciudad fascinante, por muchas cosas: por esa mezcla oriente occidente tan peculiar, por su sabor a ciudad cargadísima de historia en cada uno de sus palacios, mezquitas, e iglesias; por su gran bazar, uno de los más bonitos que he visto nunca; su cielo azul claro tan luminoso; su barrio super moderno, con restaurantes italianos y tiendas a la última; y el mejor kebab tradicional al pistacho que te puedas tomar, en el puerto, en el restaurante Hamdi, con unas vistas espectaculares sobre la ciudad; y la Iglesia bizantina, Kariye Camii, a las afueras, que merece la pena: el exterior es un remanso de paz, pero el interior, tiene unos mosaicos y unos frescos preciosos, que no te cansas de observar, con la mirada que te da sobre el dorado la luz que se filtra desde fuera.
Sin embargo, me gustaría destacar una pequeña excursión que decidí hacer aquel día calurosísimo de agosto y que consistió en subirme a un ferry que me llevó a recorrer durante dos horas el Bósforo, ese estrecho canal de aguas mansas, que te permiten mirar y admirar la vida que acontece en los embarcaderos a nuestro paso, así como los palacios de otra época, intactos, rodeados de unos jardines que se adivinan espectaculares, y me hicieron desear tener una máquina del tiempo para volver al pasado y contemplar la vida esa ciudad en todo su esplendor, en la época bizantina. Vuelvo a él en mis recuerdos muchas veces.
Al final de aquellos maravillosos cinco días en Estambul, tuve ocasión de pasar dos días en la costa, en un lugar llamdo Bodrum, a escasos kilómetros de las islas griegas más orientales, simplemente encantador.